Tuve
un sueño, un plácido sueño en el que todo parecía hecho a mi medida. En él,
había un fracaso de Dios, un Dios que me amaba con el fervor de un millón de
estrellas.
Aquél
a quien nombré como mi amante me tocó el corazón y miró directamente a mis ojos.
Se acercó grácilmente a mi oído y, susurrándome palabras banales que cayeron al
abismo del olvido una vez pronunciadas, le hice desvanecerse. No sentí pena ni
remordimientos, realmente no sabía cómo amar.
‘’Qué
Dios tan estúpido’’, pensé.
Volvió,
y su rostro reflejaba cólera, pero, al verme, comenzó a reírse sin control
alguno. Agarró mi garganta con sus delicadas manos y apretó. Cortó mi aire, no
mi vida.
Siempre
es así, aquellos que son insensibles al dolor disfrutan haciéndome daño. Estoy
acostumbrado a ello, no temo por todos los iguales que están por venir. Anhelo
su visita, dejo que penetren en mi alma y se alimenten de mis desgracias.
Siento
mi respiración calmada y el latido regular de mi corazón. Una luz tenue entra
por un lugar incierto y baña todo mi ser. Ya he tenido suficiente soñar. Me siento
sobre la cama y aparto el pálido cabello de mi rostro. No me siento vacío, mas
no puedo poner en palabras lo que estoy sintiendo en este momento.
¿Quería
simplemente ser amado?
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