domingo, 25 de junio de 2017

Epílogo.

Llevo imaginándome varios días con sangre deslizándose sobre mi cara. Algo parece perforar mis ya perforados ojos, pero ya no me asusto como antaño. He conseguido normalizar la mayor de las certezas con las que llegamos a este mundo. Ya no me importa lo que me pase, he aceptado mi sino. ¿Qué más darán unos gritos de auxilio silencioso contra un cielo a quien parezco no importar?  
Las manecillas del reloj avanzan, las horas pasan lentas. Sin embargo, mi mente se encuentra dentro de una carrera que no puede parar. Va demasiado rápido y ha llegado a tal velocidad que no alcanzo a controlar lo que ocurre en su interior. Los escenarios se crean, la racionalidad se pierde, la realidad se difumina. ¿Qué es verdad y qué no? He perdido la capacidad de discernir si lo que me engaño a creer es así o no. Quién sabe, quizá sólo esté fingiendo todo esto.
Paso los días siendo incapaz de levantar mi cuerpo de la cama. No tengo fuerzas para hacerlo y la frustración se agolpa en mis lágrimas. Ellas caen por mis marchitas mejillas, nunca cesan, cada vez son más pesadas. Los sollozos quedan enmudecidos por mis temblorosas manos. No anhelo que la atención recaiga sobre mi estado, no merece sentido. Mis sentimientos no son válidos, ¿sabes? No lo son. No son importantes, la importancia que yo les doy es una mera ilusión.
No soy nada.
Ni siquiera soy.
Una noche conseguí decirte entre ansiedad que eras demasiado bueno para mí; y tú no me creíste. En aquel momento, fuiste atento con mis inseguridades y calmaste mi espíritu con pocas palabras y caricias. Eres cálido y cuando estoy contigo me siento feliz. Y es esa felicidad a la siento no tener derecho a disfrutar. No te merezco, realmente no soy lo suficientemente buena para ti. Sabía que no debía tomar la oportunidad que tú y la podrida realidad me disteis; pero aun así lo hice. Tonta de mí. Lo único que sé hacer es engañarme a creer que puedo tener algo que deseo.
Ojalá pudiera decirte todo lo que significas para mí. Pero no puedo. Ojalá pudiera mostrarte todo el cariño que te tengo. Pero no puedo. Ojalá pudiera devolverte todo la ayuda que me has brindado. Pero no puedo. Simplemente no puedo porque no creo que en este roto núcleo haya tanto que valga la pena. No puedo cumplir con el intercambio equivalente.
Cada vez que te hablo siento que molesto. Siento que soy una cansa, aunque no hable mucho. Siento que soy una aburrida, pues lo que digo carece de interés. Me siento mal por querer estar contigo y pasar tiempo juntos. Siento echarte de menos. Algún día te darás cuenta de que sólo soy una egoísta, te darás cuenta de que te he estado engañando todo este tiempo. Y te irás, y yo me alegraré por ello, porque por fin podrás alcanzar la felicidad. Algo que yo jamás podré darte.
Soy una enorme carga a la que no tienes la obligación de cuidar ni de aguantar. Eso es algo que sé claramente, no eres un objeto de mi propiedad que carece de sentimientos. Los límites están y siempre estarán; por encima de todo te respeto y admiro.
Y lo siento,
y lo siento,
y lo siento,
siento de verdad ser así.
Lo siento en el alma.
Lo siento en mi razón.
Lo siento en mi corazón.  
Perdona por haberme enamorado de ti.
Saber que tengo aquello que más estimo y que lo esté dejando escapar a través de mis dedos realmente duele. Mi condición me quema, me cambia el humor y me destroza. No puedo soltarme de sus cadenas, no puedo volver allí arriba. No es que la lluvia esconda mi tortura, no es que la niebla ciegue mis tendencias; es que mi ser se ha acostumbrado al dolor. La angustia nunca se irá, estoy cansada de escuchar mi latido.
Jamás leerás esto, pues me avergüenzo de ello. Nunca podré articular sin temor las palabras que resuenan a mi alrededor. La cobardía me hace dudar cuando estoy junto a ti.
Mantenme cerca mientras se pueda.
Estréchame entre tu piel hasta desaparecer.
Devora mi esencia hasta que nada siga.
Déjame reprimir mis emociones hasta cesar de vivir.